lunes, 30 de enero de 2012

No general Ríos, no fue valentía*


 Una de las características del mal, entendido en su esencia, es su capacidad de astucia, y es una de las particularidades que posee el general Efraín Ríos Mont.

Este militar, hoy ligado a proceso por genocidio y delitos contra los deberes de humanidad se presentó "voluntariamente" ante las autoridades competentes para evitar el escarnio de ser enchachado y conducido como un criminal.

Además, logró con ello que le impusieran la prohibición de salir del país y, sin perjuicio del criterio de la Señora Jueza (con mayúsculas) Carol Patricia Flores, esta medida le favorece porque, si pone un pie fuera de las fronteras patrias, puede ser capturado bajo el principio de justicia universal. También, el hecho de presentarse voluntariamente le permitió una medida sustitutiva. ¿Habrase visto más astucia en otro de los enjuiciados por los mismos delitos, incluso a nivel mundial? No, absolutamente no. El mal es astuto, sagaz, artero, mezquino y roñoso.

Visto así el panorama, el general (con minúscula), no fue valiente sino marrullero en todo el sentido de la palabra, porque la cobardía que lo ha acompañado toda la vida le hace temblar ante los fantasmas de sus muertos que han de turbarle el sueño. ¿Ya se olvidaron acaso las declaraciones de los triunviros a quienes mandó al carajo una vez tomó el poder? Recuerdo perfectamente las confesiones de uno de ellos quien sin tapujos dijo que cada vez que había un conato de golpe de Estado el general se desaparecía ipso facto para reaparecer cuando el peligro había pasado. Y sus erráticas decisiones provocaron que otro general, hoy imposibilitado médicamente para enfrentar un juicio, le moviera la silla, a él y a sus ancianos de la secta Verbo que hasta llegaron a tener una oficina en el Palacio Nacional. Por eso digo contundentemente: 

No general, no fue un acto de valentía, su actitud fue otro de sus tantos actos de cobardía.

En cuanto a sus –hoy quizá sí–, ancianos, a mi saber y entender, deben ser investigados. Usted mismo declaraba en la televisión que eran sus consejeros y lógicamente, han de haber estado enterados de sus abominables medidas.

Sus fantasmas no le quitan el sueño solamente a usted. También me lo quitan a mí. Yo era cirujano en el Hospital Regional de Cobán cuando usted gobernaba de facto y los cadáveres que llegaban a la morgue (cuando llegaban), parecían sacados de una pesadilla diabólica: mujeres asesinadas, previamente violadas y torturadas patológicamente; niños despanzurrados; q’eqchíes masacrados y era horrible escuchar, cuando alguien sobrevivía, narraciones tan pero tan espantosas que solamente las creíamos porque salían de labios sin razón para mentir. Y debo reconocer que cuando el general Mejía Víctores lo mandó a freír papas, esas dantescas escenas disminuyeron ostensiblemente. Pero aún sueño esas infamias general, aún las sueño. Y si alguien tiene duda de que esos hechos hayan sucedido, simplemente lea la acusación formulada contra usted por el Ministerio Público, el Informe REMHI y el Informe de la Comisión para el Esclarecimiento Histórico.   
Sé que muchos pensarán que estoy haciendo leña de un árbol que empieza a caer pero no, no es así. Siempre mantuve una postura digna frente a su detestable persona. ¿Recuerda cuando nos quiso imponer en los hospitales el uso de un gafete que decía: No robo, no miento y no abuso? Pues, a pesar de los orejas que tenía por todos lados, yo no lo me lo colgué en la bata;  de igual manera, no me presté a la aberración de ser patrullero civil y si no me mataron fue porque en aquella época hubo militares con inteligencia y honor quienes finalmente, le dieron vuelta de gato.  Bien por ellos y por la Patria.

Años más tarde, me le enfrenté en un salón social de Cobán llamado Sociedad de Beneficencia. Usted ya no era jefe de Estado sino candidato y su manita de no robo, no miento y no abuso la había convertido en ícono de su partido. Esa vez comenzó su acostumbrada perorata: “Usted profesional, usted doctor, usted enfermero, usted papá, usted mamá, usted es ladrón, usted es prostituto porque miente, roba y abusa…” Yo general, no di cabida a sus sandeces, y en aquella ocasión, el único que tuvo una actitud aceptable ante mis argumentos fue uno de los miembros de su equipo quien me dio la razón, –por supuesto en voz baja. Usted me evitó.

Espeluznantemente, después de la decisión de la Señora Jueza Carol Patricia Flores, he escuchado por radio a muchas personas defendiéndolo. Son aquellas y aquellos que no entienden que una cosa es la guerra (y quien se mete a ella sabe a qué se atiene) y otra masacrar niñas, niños, ancianos y mujeres. Eso no es gloria general, eso es crimen contra la humanidad.

Yo no defiendo a quienes, desde la guerrilla, quizá cometieron actos similares a los suyos. Si los hubo, deben ser juzgados. Yo defiendo la recta aplicación de la justicia y créame, no me alegro por lo que le está sucediendo, ¡vaya que no!, me alegra sí que la justicia esté recuperando en nuestra sociedad el lugar que debe tener. Me alegro que usted vaya a tener el derecho de defensa, el derecho de ser tratado como inocente hasta que no se demuestre lo contrario en sentencia firme luego de haber sido citado, oído y vencido en juicio. Es decir, que se haga valer su derecho al debido proceso. Y la aplicación de la justicia no es venganza. Pero debo recordar que usted instituyó los tribunales de fuero especial y quienes en esos aberrantes juzgados fueron sometidos a dizque juicio justo, no tuvieron aquellos derechos de los que usted gozará ahora.

No me extrañaría que salga bien librado del proceso al que se le ligó porque –insisto–, el mal es astuto. Sin embargo, cada pecado trae su propio infierno y usted ha empezado a vivir el suyo. Por ello, reitero mi afirmación: No general Ríos, su actitud, la de presentarse voluntariamente ante las autoridades competentes, no fue un acto de valentía.

lunes, 16 de enero de 2012

Tropico


Pocas cosas sintetizan el poco respeto que muchos en el mundo occidental sienten por los gobiernos latinoamericanos como Tropico, un juego de video de construcción y gestión tipo Sims basado en una isla ficticia en el Caribe. En Tropico, el presidente militar tiene la plena libertad de reprimir brutalmente a sus conciudadanos, enriquecerse con negocios del gobierno, cooptar, corromper, intimidar o desaparecer a sus enemigos, ser capo del narcotráfico o hasta de ser aliado de los gringos. Todas y cada una de las acciones del presidente tienen consecuencias, pero independientemente de lo que decida hacer, el presidente habrá de gozar de poder e impunidad absoluta.

La pomposa, anacrónica y militarista ceremonia de transmisión de mando, por ejemplo, nos hizo recordar que los creadores de Trópico no necesitaron mucha imaginación para dibujar una caricatura latinoamericana que más parece retrato. Muchos latinoamericanos creen que el poco respeto que se les tiene fuera tiene que ver con racismo. Cierto, el racismo existe, pero la verdadera razón del desprecio se explica en la ausencia de valores. Somos, intolerantes, machistas, hipócritas, racistas, e irrespetuosos de la ley.  Para acabarla de rematar somos militaristas y amantes del protocolo. Somos ridículos. El humor irreverente con que Tropico fue concebido sería menos gracioso si no fuera por lo mucho que la estructura del juego refleja la realidad de la política en las repúblicas bananeras.

El cantinflesco discurso de el presidente Pérez Molina fue totalmente congruente con la caricatura tropical, con todo y fanfarrea. No había necesidad de recordarnos que la descripción de su empleo incluye hacer que se cumpla la ley. Enumerar una por una las obligaciones cotidianas del Presidente no es precisamente visión. La re entronización del ejército fue indiscutiblemente un retroceso de décadas, la sola mención de las palabras inteligencia militar fue una ofensa a la memoria de miles de víctimas del conflicto.

Para ser justos, Pérez Molina habló de la necesidad de reconciliarse y de que las causas originales de la guerra aún existen. Pero es difícil ser optimista cuando para mucha gente que rodea a Pérez Molina la reconciliación consiste en “perdonar y olvidar”, y cuando se tiene la certeza de que Pérez Molina es el presidente del arcaico status quo agrario que únicamente puede ser rentable explotando la sangre, sudor y lágrimas de las paupérrimas mayorías. Si de verdad se quiere hablar de reconciliación, le corresponde al ejército elaborar su propio REHMI, pedir perdón y renunciar a la impunidad histórica. Si de verdad se quieren eliminar las causas originales del conflicto tenemos que hablar por lo menos de una reforma agraria, un programa masivo de educación y un plan nacional de industrialización.

A pesar de que no consideramos que Pérez Molina tenga la solvencia moral para ocupar la posición que ocupa le deseamos suerte. No nos hacemos muchas ilusiones pero ojala que pueda cumplir con sus promesas de mejorar la seguridad y eliminar la corrupción (los efectos, no las causas de la crisis), de pronto el presidente cree las condiciones para que algún día surja un estadista.

jueves, 12 de enero de 2012

De Cuestiones Culturales y Agua Azucarada


La industria azucarera chapina se jacta en sus anuncios de ser la más productiva del mundo, de su impresionante crecimiento y de su responsabilidad empresarial. Predeciblemente, no pocos columnistas responden deshaciéndose en halagos hacia el “progresista” sector azucarero cada vez que pueden. Como consecuencia lógica, el sector azucarero es el niño bonito del “sector privado” chapín.

Pero como muchas otras cosas en Guatemala, la realidad de la industria azucarera es bien distinta. Como muchas otras realidades chapinas, mucha gente no la conoce o no quiere conocerla. Pero un artículo de Plaza Pública pone al descubierto la realidad de la industria azucarera en Guatemala como nunca antes lo había hecho un medio convencional.  En un país tan atrasado como Guatemala, el descubrimiento del agua azucarada es algo digno de celebrar.

Por sorprendente que la realidad del espeluznante artículo le pueda parecer a más de alguna alma inocente que ha sido víctima de la campaña de relaciones públicas de los azucareros, no es –en realidad- nada nuevo. Es nada más y nada menos la causa atávica del atraso, la injusticia, la impunidad y el caos que nos caracteriza como el país más desigual de las Américas. No es exageración, no es hipérbole, no es un caso aislado. Es una muestra representativa de la realidad que justificó la existencia de la guerrilla. La realidad rentable que justificó la institucionalización de la polarización, la violencia y la impunidad que hoy sufrimos. Es la misma realidad que el ejército defendió y sigue defendiendo. La realidad de donde ha salido y sigue saliendo el dinero para corromper políticos, jueces y fiscales. Es la realidad que la prensa calla, ha callado por décadas y seguirá callando mientras los azucareros y sus socios continúen comprando anuncios.

La denuncia de Plaza Pública debe valorarse primero porque da al traste con la artificiosamente buena imagen de los azucareros; ahora se conoce el verdadero costo de la productividad y el crecimiento del sector y se sabe que la responsabilidad empresarial azucarera es una vil farsa. Segundo porque por muchísimos años los medios han surpimido el tipo de debate que la denuncia de Plaza Pública habrá de forzar en los medios electrónicos y redes sociales. Sería iluso esperar alguna reacción de las putas mediáticas que viven de las migajas del sector azucarero.

El debate sobre la realidad económica del país es impostergable. No es una “cuestióncultural”, como cínicamente la describe el sector azucarero, son los miles de millones de dólares que valen la sangre, sudor y lágrimas de nuestros campesinos y que son la base de una economía inhumana.

Fotografía: www.plazapublica.com.gt