lunes, 16 de enero de 2012

Tropico


Pocas cosas sintetizan el poco respeto que muchos en el mundo occidental sienten por los gobiernos latinoamericanos como Tropico, un juego de video de construcción y gestión tipo Sims basado en una isla ficticia en el Caribe. En Tropico, el presidente militar tiene la plena libertad de reprimir brutalmente a sus conciudadanos, enriquecerse con negocios del gobierno, cooptar, corromper, intimidar o desaparecer a sus enemigos, ser capo del narcotráfico o hasta de ser aliado de los gringos. Todas y cada una de las acciones del presidente tienen consecuencias, pero independientemente de lo que decida hacer, el presidente habrá de gozar de poder e impunidad absoluta.

La pomposa, anacrónica y militarista ceremonia de transmisión de mando, por ejemplo, nos hizo recordar que los creadores de Trópico no necesitaron mucha imaginación para dibujar una caricatura latinoamericana que más parece retrato. Muchos latinoamericanos creen que el poco respeto que se les tiene fuera tiene que ver con racismo. Cierto, el racismo existe, pero la verdadera razón del desprecio se explica en la ausencia de valores. Somos, intolerantes, machistas, hipócritas, racistas, e irrespetuosos de la ley.  Para acabarla de rematar somos militaristas y amantes del protocolo. Somos ridículos. El humor irreverente con que Tropico fue concebido sería menos gracioso si no fuera por lo mucho que la estructura del juego refleja la realidad de la política en las repúblicas bananeras.

El cantinflesco discurso de el presidente Pérez Molina fue totalmente congruente con la caricatura tropical, con todo y fanfarrea. No había necesidad de recordarnos que la descripción de su empleo incluye hacer que se cumpla la ley. Enumerar una por una las obligaciones cotidianas del Presidente no es precisamente visión. La re entronización del ejército fue indiscutiblemente un retroceso de décadas, la sola mención de las palabras inteligencia militar fue una ofensa a la memoria de miles de víctimas del conflicto.

Para ser justos, Pérez Molina habló de la necesidad de reconciliarse y de que las causas originales de la guerra aún existen. Pero es difícil ser optimista cuando para mucha gente que rodea a Pérez Molina la reconciliación consiste en “perdonar y olvidar”, y cuando se tiene la certeza de que Pérez Molina es el presidente del arcaico status quo agrario que únicamente puede ser rentable explotando la sangre, sudor y lágrimas de las paupérrimas mayorías. Si de verdad se quiere hablar de reconciliación, le corresponde al ejército elaborar su propio REHMI, pedir perdón y renunciar a la impunidad histórica. Si de verdad se quieren eliminar las causas originales del conflicto tenemos que hablar por lo menos de una reforma agraria, un programa masivo de educación y un plan nacional de industrialización.

A pesar de que no consideramos que Pérez Molina tenga la solvencia moral para ocupar la posición que ocupa le deseamos suerte. No nos hacemos muchas ilusiones pero ojala que pueda cumplir con sus promesas de mejorar la seguridad y eliminar la corrupción (los efectos, no las causas de la crisis), de pronto el presidente cree las condiciones para que algún día surja un estadista.

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