jueves, 30 de junio de 2011

El Gran Engaño

¿La Patria de Quién?

La Gran Oportunidad
era el nombre de un video promocional de la Escuela Politécnica durante el zenith del poderío militar en los años 80. Diseñadas para la impresionable mente adolescente, las imágenes del video contenían un mensaje tan simple como seductor: hágase militar y no le faltará nada en la vida. La enorme disponibilidad de recursos del alma máter militar de que el video hacía alarde era demasiado difícil de ignorar, especialmente cuando se contrastaba con la precariedad del resto de instituciones públicas que todos conocían. Fuera por ambición, convicción, necesidad y hasta guanaquería, no pocos adolescentes sucumbieron a los cantos de sirena de la escuela.

Una vez adentro, el cadete era sometido a un brutal proceso de deshumanización. Abusos físicos y psicológicos inconcebibles en las fuerzas armadas de un país civilizado eran cosa de todos los días en la escuela. La depravación de este cuidadosamente diseñado proceso de selección era equiparada únicamente por la intensidad del adoctrinamiento anticomunista y el arraigamiento de un profundo complejo de superioridad con respecto a los “pachucos”, seres débiles, incompetentes e indignos en la cosmovisión militar. El producto final era un autómata sadomasoquista, fanático anticomunista y leal a cualquier causa que le ordenaran: el tonto útil perfecto de la guerra fría que de paso servía como pilar del status quo.

A pesar de todo para las víctimas -no podían haber sido nada más-, las vejaciones y alienación a las que voluntariamente se sometían tenían un quid pro quo: la posibilidad de membrecía en el privilegiado club de oficiales, el selecto grupo de putativos ciudadanos de primera que podía aspirar a la posición de “jefe de estado”. Todo el mundo creía saber el precio a pagar. Todo el mundo sabía que no cualquiera se graduaba de la escuela. La vulnerabilidad psicológica propia de la edad y el cuidadosamente diseñado proceso de manipulación de la escuela imposibilitaba a las víctimas el poder percatarse que le estaban vendiendo el alma al diablo, o peor aún, que alguien los estaba utilizando.

Para ser justos, los cadetes no estaban plenamente conscientes de su papel de rata de laboratorio. El amor por la patria era real. La inculcación de virtudes humanas como la integridad, la disciplina y la tenacidad normalmente caía en tierra fértil. La mística era genuina. Con la notable excepción del respeto a la dignidad humana de los mismos cadetes, el respeto por los reglamentos internos existió como en ninguna otra institución del estado. La formación militar era sólida, sin embargo, en ningún momento se les informó de las verdaderas causas de la guerra, ni de las características reales del “enemigo” que habrían de enfrentar en las áreas de combate. No dejaba de ser paradójico que quien se graduaba de la escuela era típicamente competente, leal, íntegro e idealista; pero también rábido anticomunista con un profundo desprecio por todo lo civil y democrático.

Conscientes de ello o no los cadetes se habrían de enterar que mal paga el diablo a quien le sirve a los pocos meses de haberse graduado. Descubrían por su cuenta que cuando se hablaba del “enemigo” a menudo se hablaba de civiles desarmados. El desconcierto era inevitable: la escuela los preparaba para pelear contra rebeldes desalmados, no contra mujeres y niños indefensos. Era entonces cuando para proteger los intereses del ejército de la humanidad de los oficiales jóvenes, los superiores invocaban como conviniera la lealtad irracional o el adoctrinamiento ideológico de la escuela.

Pasaban los años y los jóvenes oficiales avanzaban sus carreras entre los privilegios y la comodidad de la coraza ideológica que los protegía de sus conciencias. Pero con la edad llegaba la madurez. La vulnerabilidad al adoctrinamiento ideológico era cada vez menor. La mística de la escuela se veía cada vez más lejana. El poder absoluto que corrompe absolutamente hacía caer a los comandantes de sus pedestales cuando sucumbían a la tentación de enormes presupuestos en efectivo, o al dinero fácil del contrabando o el narcotráfico. El ejército y la escuela no eran la misma cosa.

La transición a la realidad continuaba lenta pero segura. El ejército de un mayor no era el mismo que el de un subteniente. Se parecía cada vez más a una farsa sin necesariamente estar consciente de ello. Dentro de su fachada legaloide, el ejército era una estructura ilegal en nada diferente a la mafia italiana, con códigos de silencio y todo. Con cada ascenso, los intereses de la patria entraban cada vez más en conflicto con los del ejército y los personales. A cierto nivel, los sueldos en dólares y las prebendas de todo tipo acallaban cualquier remanente de conciencia. La cómoda coraza ideológica ya no era solamente la mejor protección sino la mejor excusa para mantener el status quo.


Treinta años después el sepulcro blanqueado del ejército de los 80 empieza a abrirse. Ante el insoportable hedor y atrapados en el pasado, algunos de los cadetes de todos los tiempos tratan ingenuamente de aferrarse a la pseudo superioridad moral que aprendieron con los ideales genuinos de la escuela. Otros a la coraza ideológica que según ellos aún los protege. Otros más al fanatismo religioso que les permite vivir con su conciencia. Dicen que "lucharon por la patria". ¿La patria de quién? No se dan cuenta que las heridas abiertas del país pasan por ellos, y que no será posible cerrarlas hasta que no acepten que la gran oportunidad termino siendo un cruel engaño. El emperador siempre estuvo desnudo.

Si los cadetes de todos los tiempos de verdad quieren reconciliarse con su pueblo y honrar la memoria de Arbenz y los cadetes del 54, deberán recordarse que la lealtad a la patria y a su pueblo deber ser mayor que la lealtad al ejército, ciertamente mayor que la lealtad a los autores intelectuales de los crímenes de lesa humanidad. Guatemala necesita que los cadetes de todos los tiempos recuerden la integridad que aprendieron en la escuela y denuncien a los que se enriquecieron haciéndolos asesinos de su propio pueblo. Pero eso no será posible sino admiten primero que también fueron víctimas de la guerra. Víctimas de los designios de los EEUU (que hoy los desprecian) y de unos pocos traidores a la patria que se prestaron a ello desde el 54 y que hoy cobardemente fingen ignorancia. Ni los unos ni los otros se merecen ningún tipo de lealtad.

miércoles, 29 de junio de 2011

El Arresto de un Anciano (Masacres Ordinarias)


La semana pasada se supo del arresto de un anciano de 81 años. Se le sindica de múltiples asesinatos cometidos décadas atrás. Tanto la policía como la sociedad civil celebraron la captura de tan famoso criminal. Que se sepa, nadie salió a la defensa del acusado. Ningún columnista comentó sobre su aparente dignidad o describió a su esposa como solícita y abnegada, o menos aún, evidenció conmiseración por su edad avanzada o arguyó inocencia. Por el contrario, la naturaleza vil de sus crímenes se debatió abiertamente. El sentimiento tanto en las fuerzas del orden como en la sociedad civil por la captura de tan peligroso criminal es de alivio y satisfacción. Nadie cuestiona la gravedad de los crímenes y pocos dudan que el acusado pase el resto de sus días en la cárcel.

El anciano de 81 años en cuestión es James “Whitey” Bulger, y el país donde esto sucedió fue los EEUU. La misma semana en Guatemala, la captura de otro anciano de la misma edad por crímenes mucho más numerosos y atroces ha sido una historia muy distinta en los medios. Para empezar, la noticia que quizás sea la más importante de los últimos 30 años no se ha merecido un editorial de los periódicos “más importantes” del país, pero sí numerosas columnas de defensa arguyendo inocencia y cualquier cantidad de empatía por la vejez y “dignidad” de “su general”.

Desgraciadamente, la respuesta colectiva de los medios refleja la putrefacción moral de una sociedad que se conmueve por la senectud de un genocida, pero que es totalmente incapaz de dar mínimas muestras de consideración a sus víctimas. De acuerdo a la interpretación legal del distinguido abogado Acisclo Valladares que muchos convenientemente adoptan, en Guatemala no existió genocidio. De tener razón Acisclo, lo menos que se puede hacer entonces es perseguir legalmente a López Fuentes et al. por masacres ordinarias o por asesinatos comunes y corrientes.

Fotografía cortesía de mimundo.org