No señor, la foto no es una reliquia de la guerra fría. Y por aquello de las dudas, el pelón tampoco es Lenin. El tipo de la foto es nada menos que Ben Bernanke, chairman de la Reserva Federal de los EEUU, quien a nombre de su gobierno y a tan solo meses del rescate financiero de Bear Sterns tomó la decisión perfectamente racional de nacionalizar a los gigantes hipotecarios conocidos como Freddy Mac y Fannie Mae. La reacción fue tan positiva en los mercados del mundo que incluso algunos comentaristas hablan del fín de la crisis.El silencio ensordecedor de las columnas neoliberales es prueba que nadie en su sano juicio negaría que los EEUU tomó la decisión correcta con el rescate de las dos FM. Sin embargo, desde un punto de vista de teoría económica, la nacionalización coloca a los EEUU en la misma lista de economías intervenidas que incluye a China, Vietnam y Cuba. Lo importante de este señalamiento no es sugerir que se le ponga a los EEUU una etiqueta de país socialista, sino demostrar que la doctrina capitalista de la guerra fría dejó oficialmente de existir, de la misma manera que el comunismo dejó de existir con la caída del muro de Berlín.
Por muchos años los propulsores del capitalismo pregonaron la sacrosantidad de la propiedad privada y que la única manera válida de producir riqueza era por medio del laissez faire (la inversión privada sin ningún tipo de intervención estatal). De acuerdo a las creencias capitalistas, los beneficios de las hazañas de los empresarios llegarían por goteo a todos los estratos sociales. Arguían los teóricos que si un empresario no se ceñía a los rigores de las leyes de la oferta y la demanda, la mano peluda e invisible del mercado se encargaría de castigarlos con ignominiosos resultados. Este equivalente dogmático a la ley de la selva se intensificó durante la guerra fría , cuando el individualismo y la ausencia de intervención estatal en la economía se consideraban el paradigma de superioridad moral del capitalismo sobre las economías centralizadas de los países socialistas de entonces que colectivizaban las pérdidas y ganancias de la sociedad entera.
El reconocimiento oficial de la ruptura del dogma capitalista es significativo por dos razones fundamentales. La primera porque evidencia que al igual que su contraparte ideológico, nunca existió en la práctica. En retrospectiva, es por demás obvio que los principios teoréticos del capitalismo fueron repetida y continuadamente violados por subsidios, cuotas, aranceles, monopolios, manipulación de la oferta y la demanda, privilegios, intervención estatal disfrazada de otras cosas y la omnipresente corrupción. Contrario a lo que se podría creer, y de manera menos obvia, las pérdidas de los indivíduos casi siempre fueron socializadas tal y como ocurrió en los países socialistas. Queda esperar entonces que la muerte certificada del comunismo y del capitalismo poco a poco habrá de abrirle las puertas a la lógica, al sentido común y a la solidaridad.
La segunda razón fundamental por la que la muerte oficial del capitalismo es significativa es que tal y como ocurrió con el comunismo, sus dogmas ya no podrán ser utilizados para justificar la imposición de sistemas totalitarios. Históricamente, los promotores del individualismo y el laissez faire han sido exactamente los mismos que rutinariamente han pedido la supresión de impuestos y la reducción del estado con el argumento de que si ellos no reciben nada del estado, no existe una razón por la cual el estado deba recibir algo de ellos. El colapso de Fannie Mae y Freddy Mac ilustra que la teoría no siempre corresponde a la práctica, que los beneficios intangibles del estado son difíciles de cuantificar y la infinita ventaja de la lógica sobre los dogmas ideológicos, especialmente cuando se trata de extender la mano para recibir.
Como era de esperarse, la muerte del capitalismo pasó desapercibida. Siempre ha sido un hecho que son pocos los que discuten lo verdaderamente trascendente de la historia y menos aún los que lo entienden en su momento. Pero el que sucesos tan significativos no hayan recibido la cobertura que recibió la caída del muro de Berlín y del comunismo confirma no sólamente que los dobles estándares continuarán hasta después de muertos ambos, sino que los formadores de opinión en realidad nunca entendieron las bases teoréticas de ninguno de los dos sistemas.
Al final de cuentas, la importancia de certificar la muerte de los dogmas va mucho más allá de demostrar que todo el mundo estaba equivocado o ilustrar la naturaleza peligrosa de los fanatismos. Sienta el importantísimo precedente que tarde o temprano, el sentido común prevalece.