jueves, 27 de julio de 2006

Libertad de Expresión: La Necesidad de Un Nuevo Paradigma

Si el monopolio de bienes y servicios comunes y corrientes es nocivo a la sociedad, el monopolio sobre los medios de comunicación es una amenaza directa a la democracia. Y si a la apestosa figura del monopolio de los medios se agregan los conflictos de intereses de los periodistas y la prostitución de la prensa, el resultado es un nauseabundo brebaje que únicamente puede conducir a un estado fallido.

Trascendió recientemente que el dueño de todos los canales de televisión de Guatemala, el magnate mexicano Angel González, visitó el país para entrevistarse con el Presidente Berger y con los que aspiran a sustituirlo. Llama poderosamente la atención que el monopolio que el Sr. González ejerce sobre los medios televisivos les resulte obsceno hasta a los que han defendido a muerte el sistema feudal de privilegios de Guatemala. De ahí que no haya sido sorpresa que la prensa escrita se rasgara las vestiduras y señalara con el dedo al temerario intruso, acusándolo de corromper aún más el de por sí necrótico sistema político guatemalteco.

No son pocos los que consideran que González es quien quita y pone presidentes en Guatemala. Aún cuando lo anterior no debe tomarse a la ligera, tampoco podría afirmarse que sea cien por ciento cierto. Pero la probabilidad de que sea total o parcialmente cierto debería de ponerle los pelos de punta a cualquiera, particularmente a los que creemos que construir una nueva nación es posible. Y es que el caso de los negocios de González ilustra perfectamente no sólamente el problema de los monopolios en Guatemala, sino lo que está fundamentalmente mal con los medios de comunicación en el mundo: el gran conflicto entre la libertad de expresión y la libertad de empresa, la prostitución de la prensa ante grupos de interés, y los efectos nefastos de los monopolios mediáticos, particularmente en sociedades subdesarrolladas.

Del conflicto entre la libertad de expresión y la libertad de empresa puede decirse que es el defecto de nacimiento de las sociedades democráticas. Y es que por muy imparcial que sea un periodista, consciente o inconscientemente habrá de sentirse en deuda con el que firma los cheques de su salario. Lo anterior es particularmente cierto en un país como Guatemala, donde el patrón ha sido tradicionalmente el amo y señor de sus empleados.

La prostitución de la prensa es el efecto más nefasto del conflicto entre la libertad de expresión y la libertad de empresa, y es en sí misma otro mal que avanza con total impunidad no solo en Guatemala sino en el mundo entero. El problema ocurre cuando los medios se alejan de su función de espectadores y se convierten en actores al servicio de grupos de interés, sean estos locales, regionales o globales. Los reporteros “incrustados” en Irak y los periodistas golpistas venezolanos son buenos ejemplos. Al avanzar sus intereses en perjuicio del resto de la sociedad, los medios comenten un abuso de poder que a menudo resulta en inestabilidad política e ingobernabilidad, algo que para la gente de a pié se traduce simplemente en sufrimiento. El problema es serio porque la prensa es -para todos los efectos prácticos-, intocable. A diferencia de los otros poderes del estado, la prensa no tiene pesos ni contrapesos más que el criterio de los dueños, seres humanos que como todo el mundo, también tienen lealtades, preferencias e intereses claramente definidos. En teoría, la tremenda latitud que la prensa tiene para operar habría de balancearse con altísimos estándares éticos, pero todos sabemos que son muy pocos los medios en el mundo que satisfacen ese criterio. En la realidad cotidiana, los grupos de interés han aprendido que la manera más efectiva de avanzar sus agendas es involucrándose en el negocio de los medios.

Parece mentira, pero en pleno siglo XXI, el monopolio es aún la norma de las actividades comerciales guatemaltecas. La cultura monopolística de privilegios es la regla para el comercio de artículos que van desde el cemento al pollo, pasando por la cerveza y las franquicias. Es sumamente vergonzoso que las leyes comerciales guatemaltecas glorifiquen lo que en muchos otros países sería a todas luces inmoral, y/o criminal. Peor aún, sus efectos nocivos han pasado desapercibidos por mucho tiempo debido primero, a que las élites han preservando el status quo (por medio de su control del sistema político y de los medios), y segundo porque la población nunca ha experimentado nada diferente. Por si eso no fuera suficiente, para entender la verdadera magnitud del problema se necesita no solo conocimiento de legislación comercial en general, sino un marco de referencia que permita al observador comparar el sistema local con el de otros países. Lamentablemente, ese lujo suele dárselo gente que ya es o que añora ser parte de la élite económica.

Si el monopolio de bienes y servicios comunes y corrientes es nocivo a la sociedad, el monopolio sobre los medios de comunicación es una amenaza directa a la democracia. Y si a la apestosa figura del monopolio de los medios se agregan los conflictos de intereses de los periodistas y la prostitución de la prensa, el resultado es un nauseabundo brebaje que únicamente puede conducir a un estado fallido.

Es tiempo ya que las democracias del mundo revisen el papel de la prensa y los medios de comunicación en un sistema democrático. Sin duda, habrá de ser difícil transmitir la necesidad de un cambio sin que esto se interprete como un ataque a la libertad de expresión. Por el bien de la humanidad, alguien, tarde o temprano tiene que hacerlo. En el caso de Guatemala, tenemos la ventaja que una Asamblea Nacional Constituyente es una posibilidad concreta. Bien valdría la pena aprovechar la oportunidad y establecer un nuevo paradigma para la libertad de expresión en nuestra democracia, un modelo que no permita ni los conflictos de intereses, ni la prostitución, ni los monopolios.

jueves, 13 de julio de 2006

Los de Xibalbá

A travez de los siglos, los cronistas, poetas e historiadores nos han dejado leyendas, fábulas e historias que sintetizan la convicción esencialmente humana de que la supervivencia de la especie radica en nuestra habilidad de triunfar colectivamente sobre el mal. En Guatemala por ejemplo, el Popol Vuh nos cuenta como los Señores de Xibalba, a pesar de ser mucho más poderosos, al final siempre sucumbieron ante la perseverancia, intrepidez y tenacidad de Hunahpú e Ixbalanqué.

Perseverancia, intrepidez y tenacidad ha sido precisamente lo que a Rigoberta Menchú le ha sobrado en su admirable batalla contra los señores de Xibalbá de nuestra era, al punto que ha logrado que los engranajes de la justicia internacional investiguen el genocidio que ha quedado en la impunidad por más de 20 años. Es probable que las órdenes de aprehensión giradas por las cortes españolas no representen el fín de la impunidad penal en Guatemala, sin embargo, habrán de ser el principio del fín de la impunidad histórica, algo mucho más importante de alcanzar. Y es que resulta casi increíble que a pesar de la enorme cantidad de evidencia, el status quo y sus voceros aún tratan de justificar el genocidio sobre las bases de una guerra ideológica (e.g. a él lo mataron porque en algo andaba metido). Su enanismo moral no les permite entender que asesinar gente por sus ideas era ya un crímen abyecto en esos días, y que sus mediocres intentos de relativizar la verdad nada más los convierten en cómplices.

Pero el reino de Xibalbá está llegando a su fín, Hun Camé, Vucub Camé y los otros tienen los días contados. Hunapú e Ixbalanqué se preparan para hacerlos picadillo.