miércoles, 21 de junio de 2006

La Indolencia de Neto (52 Años Después)

Hace algunos años, el director guatemalteco Luis Argueta nos obsequió El Silencio de Neto, obra que será por siempre recordada como pionera de la cinematografía chapina. En ella, Argueta nos pinta un cuadro bastante realista de los elementos que componen la idiosincrasia guatemalteca, sin sabores ni colores artificiales. Es muy probable que el título de la película sugiera que los guatemaltecos somos de por sí dados a permanecer en silencio ante lo que ocurre a nuestro alrededor. Hoy por hoy sabemos muy bien -tal y como ocurre en la película-, que el silencio también tiene sus consecuencias.

Dentro de su contexto histórico, la obra de Argueta nos permite observar -desde los ojos de Neto- los sucesos de 1954. Y es que a pesar de no tratarse de una película política, El Silencio de Neto nos da (especialmente a los que nacimos muchos años después) una fotografía de la situación política de esos días.

La intervención de 1954, que resultó en la caída de Arbenz- fue sin lugar a dudas el evento histórico más importante del Siglo XX para el país; prácticamente todo lo que ocurrió después, incluyendo las secuelas de la guerra (que aún sufrimos hoy en día), puede trazar su origen a la intervención del 54.

Ante otro aniversario de la mal llamada liberación, la importancia de conocer la verdadera historia es más vigente que nunca. Primero nos permitiría conocer los logros impresionantes de la Revolución del 44, la madurez política que se alcanzó hace 60 años (y que no hemos sido capaces de replicar), y la magnitud del retroceso que el colapso de la Revolución del 44 representó y aún representa para los guatemaltecos. En segundo lugar, los sucesos del 54 son importantes porque fueron el embrión de la guerra interna, cuyas consecuencias aún vivimos hoy en día en forma de violencia y pobreza extrema.

Por muchos años, los sucesos de 1954 y sus secuelas han sido ampliamente documentados, aceptados y discutidos fuera de Guatemala. Desgraciadamente, el hecho histórico que ha afectado la vida de los guatemaltecos más que ningún otro es virtualmente desconocido en el país. Esto se explica en parte, en que, los grupos de poder que se beneficiaron –y aún se benefician- de la intervención han deliberadamente evitado que las interioridades de los sucesos del 54 se debatan públicamente. La “versión oficial” es aún la misma de los de la “liberación”. Esto ha resultado en que muchísima gente crea que los hechos del 54 no son relevantes, ni tienen nada que ver con la situación actual: la ignorancia que garantiza la repetición de la historia.

Pero otra razón por la que los chapines no nos interesamos en la historia es nuestra comodidad atávica con el silencio. Y es que conforme pasó el tiempo - y para nuestra mala fortuna-, el silencio nos evolucionó en indiferencia. Hoy en día para nuestra desgracia, la indiferencia se nos convirtió en indolencia.

domingo, 4 de junio de 2006

Redefiniendo “Accidente” y “Desastre Natural”

Con la llegada de las lluvias, el pueblo de Guatemala se resigna de nuevo a encarar las tragedias asociadas con la época lluviosa. Quizás les parezca sorpresa a muchos, pero por lo menos 9 de cada 10 muertes prematuras en Guatemala son evitables. Casos tan disímiles como el deceso de 50 personas en un “accidente” (porque el piloto iba ebrio), la muerte de un transeúnte debido a la“bala perdida” de un marero, la muerte de niños en las aldeas por ingerir agua contaminada o la pérdida de familias enteras por deslaves tienen algo en común: pueden ser evitados.

Los dos primeros ejemplos ilustran lo que normalmente conocemos en Guatemala por “accidente”. En realidad, las tragedias en cuestión no son más que la relación elemental de causa y efecto entre las acciones concientes de unos y la incapacidad de una sociedad para proteger la vida humana. De ahí que puedan ser cualquier cosa, menos accidentes. Y es que dejaron de ser cosa del azar en el mismo momento en que el chofer concientemente decidió echarse su trago y en el mismo instante en que el marero concientemente decidió cargar su pistola. Para nuestra desgracia, nuestra cultura de impunidad nos ha enseñado a aceptar el resultado de la irresponsabilidad de algunos como “accidente”, cosa del destino, o simple mala suerte; mentalidad retrógrada que no hace sino perpetuar la impunidad y la falta de respeto a la vida, y nutrir la mediocre complacencia que nos hace totalmente incapaces de entender que -en realidad-, los “accidentes” no existen. Con muy pocas excepciones, las tragedias que resultan en la pérdida de vidas humanas tienen un responsable de carne y hueso, que además tiene nombre y apellido.

Tal y como ocurre con la figura del “accidente”, el concepto de “desastre natural”en Guatemala le da a gente irresponsable una licencia ilimitada para matar. Y es que el “desastre natural” chapín incluye muchísimos casos de tragedias que son rutinariamente evitadas en otras latitudes. Al igual que el “accidente” chapín, el “desastre natural” también exime completamente de responsabilidad a las personas que de alguna manera les corresponde minimizar su efecto, con el agravante de que los efectos de un “desastre” son por lo general mucho más devastadores.

Si bien es cierto que no todos los fenómenos meteorológicos pueden ser controlados, la mayoría de las pérdidas humanas se dan debido a decidia, falta de voluntad política, incompetencia e indolencia de los que deberían tener como misión preponderante la protección de la vida de los ciudadanos. Los ejemplos de las muertes por agua contaminada y deslaves vienen al caso. En ambos casos, la mayoría de muertes podrían ser evitadas si la voluntad política existiera para forzar a los entes correspondientes a desarrollar programas nacionales de tratamiento de agua, estudios de hidrología y estrategias de control de aguas pluviales.

Es imperativo que como nación redefinamos los conceptos de “accidente” y “desastre natural”, y que dejemos de aceptar tragedias evitables como la “voluntad de Dios”. Tenemos que entender que -en realidad-, miles de compatriotas mueren no por accidentes ni desastres, sino por la ausencia de una cultura de respeto a la vida que permite que un chofer elija conducir borracho, que un marero elija andar armado por las calles, y que los entes creados para proteger a la población elijan permanecer en un estado permanente de incompetencia.