domingo, 22 de octubre de 2006

En Esta Tierra Mancillada*

en esta tierra mancillada


de tanto golpe grande
de tanto odio grande
de tanta basura
de tanta locura

en esta tierra mancillada

de tanta entrega llena
de tanto lema llena
de tanto escarnio
de tanto daño

en esta tierra mancillada

en esta tierra herida
de tanta culpa herida
de tanta sombra herida
de tanta astucia
de tanta angustia

en esta tierra mancillada

en esta tierra sola
de tanto molde sola
de tanta sangre sola
de tanta estrofa
de tanta mofa

en esta tierra mancillada

en esta tierra rota
de tanto grito rota
de tanto rito rota
de tanta bota
de tanto idiota
en esta tierra rota

en esta tierra mancillada


* Poema publicado anónimamente por un lector de H&I

7 comentarios:

Goathemala dijo...

Me gusta el poema, las verdades que dice y su rima, felicite al lector anónimo.
Un saludo.

Goathemala dijo...

...siempre que tenga una idea de quien es, porque si no felicitarle será imposible, a menos que lo lea.

pata de chucho dijo...

Gracias por el poema, es muy lindo, sobre todo la estrofa de el grito, el rito y la bota idiota! ... anhelo como agua de mayo, como viento de noviembre, como olor a manzanilla.... anhelo cada dia, que nuestra tierra mancillada finalmente sea liberada de tanta bota idiota. Saludos.

Quintus dijo...

Felicitaría a la lectora si supiera quien es... Espero nada más que se identifique algún día...

SR dijo...

yo también felicito y saludo. Lindo poema.

SoyChapin dijo...

que triste que "nuestra tierra mancillada" tenga tantos otros elemento scon los cuales hacer un poema...
pero al menos de la tristeza alguien conecto palabras para hacernos meditar..

juan dijo...

Buen poema...Aqui va la historia de otro cuate que le gusto Guate...
Pabo Neruda...

NAPOLEÓN UBICO

Decidí visitar Guatemala. Hacia allá me encaminé en automóvil. Pasamos por el istmo de Tehuantepec, región dorada de México, con mujeres vestidas como mariposas y un olor a miel azúcar en el aire. Luego entramos en la gran selva de Chiapas. De noche deteníamos el vehículo asustados por los ruidos, por la telegrafía de la selva. Millares de cigarras emitían un ruido violento, planetario, que parecía increíble. El misterioso México extendía su sombra verde sobre antiguas construcciones, sobre remotas pinturas, joyas y monumentos, cabezas colosales, animales de piedra. Todo esto vacía en la selva, en la millonaria existencia de lo inaudito mexicano. Pasando la frontera, en lo alto de la América Central, el estrecho camino de Guatemala me deslumbró con sus lianas y follajes gigantescos; y luego con sus plácidos lagos en la altura como ojos olvidados por dioses extravagantes; y por último con pinares y anchos ríos primordiales que asomaban como seres humanos, fuera del agua, rebaños de sirénidos y lamantinos.

Pasé una semana conviviendo con Miguel Angel Asturias, que aún no se había revelado con sus novelas victoriosas. Comprendimos que habíamos nacido hermanos y casi ningún día nos se paramos. En la noche planeábamos visitas inesperadas a lejanos parajes de sierras envueltas por la niebla o a puertos tropicales de la United Fruit.

Los guatemaltecos no tenían derecho a hablar y ninguno de ellos conversaba de política delante de otro. Las paredes oían y delataban. En algunas ocasiones deteníamos el carro en lo alto de una meseta y allí, bien seguros de que no había nadie detrás de un árbol, tratábamos ávidamente de la situación.

El caudillo se llamaba Ubico y gobernaba desde hacía muchísimos años. Era un hombre corpulento, de mirada fría, consecuentemente cruel. El dictaba la ley y nada se movía en Guatemala sin que él expresamente lo dispusiera. Conocí a uno de sus secretarios, ahora amigo mío, revolucionario. Por haberle discutido algo, un pequeño detalle, lo hizo amarrar allí mismo, a una columna del despacho presidencial y lo azotó sin piedad.

Los poetas jóvenes me pidieron un recital de mi poesía. Enviaron un telegrama a Ubico solicitando el permiso. Todos mis amigos y jóvenes estudiantes llenaban el local. Leí con gusto mis poemas porque me parecía que entreabrían la ventana de aquella prisión tan vasta. El jefe de policía se sentó conspicuamente en primera fila. Luego supe que cuatro ametralladoras se habían emplazado hacia mí y hacia el público y que éstas funcionarían cuando el jefe de policía abandonara ostensiblemente su butaca e interrumpiera el recital.

Pero no pasó, nada, pues el tipo se quedó hasta el fin oyendo mis versos.

Luego quisieron presentarme al dictador, hombre inflamado por locura napoleónica. Se dejaba un mechón sobre la frente, retratándose con frecuencia en la pose de Bonaparte. Me dijeron que era peligroso rechazar tal sugerencia, pero yo preferí no darle la mano y regresé rápidamente a México.