sábado, 5 de febrero de 2005

Ambientalistas del Diente al Labio

Cada vez que ocurre una tragedia ecológica como la quema del basurero de la zona 3, los fariseos ambientales se razgan las vestiduras implorando que se haga algo para proteger al medio ambiente. La llamarada de tusa durará unos cuantos días, hasta que el infalible alzheimer colectivo la haga desaparecer entre la vasta oferta de malas noticias que nuestros medios de comunicación se dan el lujo de tener día a día.

Pero el mayor obstáculo para encontrar soluciones al problema ambiental no se limita a la ausencia de una legislación adecuada, activistas competentes o líderes conscientes. El mayor reto consiste en hacer entender a la sociedad entera que la preservación del ambiente tiene un costo económico tangible. Son demasiadas las personas que mientras juran ser pro medio ambiente, creen al mismo tiempo que tener un ambiente limpio no les debe costar un centavo. Si se logra entender que preservar el medio ambiente tiene un costo económico mesurable, se logrará entender que al hacer ésto habrán de existir beneficios económicos igualmente mesurables. De hecho, cualquier inversión que se haga en el medio ambiente no es en nada diferente a cualquier otro tipo de inversión: tiene que tener una tasa de retorno al capital.

Lamentablemente, la falta de educación no sólo hace las cosas más difíciles sino también más caras. El problema generalizado de la escaséz de agua potable -por ejemplo- es algo que ilustra la incapacidad de la sociedad de entender que la solucion a muchos problemas está mucho más a la mano de lo que se cree. Véase el caso de una comunidad del tamaño de San José Pinula, que tiene más o menos 50,000 personas. Si por simplicidad se supone que en promedio una persona consume un mínimo de 1 galón de agua embotellada a la semana, la comunidad estaría consumiendo 50,000 galones a la semana, que equivaldrían a 2.6 millones de galones al año. Suponiendo que el agua se compra en garrafones de 5 galones (e.g. Agua Salvavidas) a Q12 cada uno, se tiene entonces que se consumirían 520,000 garrafones con un costo total de Q6.24 millones en un año. En 20 años, la comunidad estaría gastando más o menos Q125 millones en agua embotellada. Este “flujo de caja” podría muy bien financiar un crédito de varias veces su tamaño, que sería suficiente para construír un sistema de agua potable de primer mundo que pudiera servir a la comunidad por décadas.

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