lunes, 24 de enero de 2005

El Costo Tremendo de la Barrera Idiomática

Juan Luis Guerra sugiere en una de sus canciones que el destino de nuestros países sería diferente si tuviéramos la suerte de poder comunicarnos directamente con los que deciden el destino del mundo. De ahí que si los guatemaltecos habláramos inglés a lo mejor la intervención del 54 no se hubiera dado, ya que los reporteros gringos hubieran podido comunicarse directamente con los actores políticos en lugar de dar por ciertos los “boletines informativos” de la United Fruit Company. De la misma manera, personas como Rigoberta Menchú pudieron haber denunciado las atrocidades de los regímenes militares directamente al pueblo de los EEUU por medio de mensajes televisados. Un idioma común también habría permitido a los guatemaltecos el tener acceso a fuentes primarias de investigación científica, cultura e, información que habrían tenido un impacto significativo en nuestra historia.

Lamentablemente, la barrera idiomática existe y no nos queda otra que encararla con todo y sus muchos peligros. Un ejemplo palpable de éstos peligros lo ilustra un reciente editorial de Siglo XXI que afirma que los planes mesiánicos de George W. Bush para su segundo período “confirman” –según ellos- su “liderazgo mundial”. Un editorial tan fuera de contacto con la realidad solo puede ser posible en un país donde la gran mayoría de los habitantes saben de los actores globales por medio de terceras personas. Si el guatemalteco promedio fuera capáz de entender inglés, se habría dado cuenta hace mucho tiempo que el emperador en realidad está desnudo. Y es que la muy limitada capacidad de oratoria de Bush y el increíble nivel de cinismo de sus funcionarios no habrían pasado desapercibidos en un país donde –por lo menos- la facilidad de expresión en un requisito importante para un político que se respete a sí mismo.

La desventaja de no hablár inglés no se limita únicamente al riesgo de convertirse en víctima de la desinformación o la propaganda. A muchísimos pequeños exportadores –por ejemplo- no les queda otra que ponerse a la merced de sus traductores, quienes por lo general tienen algún tipo de interés personal en la transacción.

Considerando lo mucho que nos ha costado la descomunicación, será necesario tomar medidas orientadas a reducirla. A simple vista, una posible solución sería incrementar el número de personas que hablan inglés. Pero ésto conllevaría el peligro de la fuga de cerebros de la que Jaime Barrios Carrillo habla en su último artículo. El único recurso que nos queda entonces es la educación.

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