jueves, 10 de abril de 2014

La SIP y los medios en América Latina*


Días atrás finalizó, en Barbados, la reunión semestral convocada por la Sociedad Interamericana de Prensa para dar cuenta del papel de los medios de comunicación en la realidad que vive América Latina. La SIP, una asociación de empresarios propietarios, editores y directores de diarios, periódicos y agencias de información, condenó nuevamente a leyes que, en países como Argentina, Ecuador, Bolivia y Venezuela, se proponen redistribuir las licencias de los medios. ¿Cuáles son los intereses –mediáticos, económicos y políticos- que defiende la SIP? ¿Por qué se opone férreamente a regulaciones democráticas que puedan ampliar las voces en nuestros países?
La SIP, nacida en 1943 en La Habana, Cuba, bajo esquemas del “viejo panamericanismo y en tiempos de enfrentar al nazismo”, tal como recordara la periodista Stella Calloni, vió rápidamente tergiversada su finalidad con el ingreso al lobby del organismo de oficiales de los servicios de inteligencia estadounidense, como Jules Dubois y Joshua Powers. Así, en una reunión en Nueva York  en 1950, con cambio de estatuto mediante, se convirtió a la SIP en un “cártel” de los dueños de las empresas periodísticas, y a partir de ese momento jugó un rol en defensa de los poderes económicos concentrados en nuestros países –llegando al punto de legitimar golpes de Estado contra gobiernos constitucionales, tal como ha sucedido durante la década del 70 en la región-.
En su última reunión en Barbados, este organismo “editorializó” contra las regulaciones estatales a los medios, poniendo especial énfasis en la situación de Argentina, Ecuador, Bolivia y Venezuela, países que han implementado –o se encuentran en vías de hacerlo- nuevas legislaciones contra los monopolios mediáticos. En lo respectivo a la Argentina, la SIP instó al sector privado “a ser consecuente con los principios de libertad de expresión y libre competencia”, demostrando que la equiparación de ambos conceptos resulta razonable para estos dueños de empresas periodísticas, que rehuyen a cualquier intervención estatal en este ámbito. La conclusión parecería ser: para que haya libertad de expresión, debe haber libre competencia, lo que constituye una apología poco sutil a la concentración mediática.
Un reciente análisis del escritor venezolano Luis Britto García sirve para desmontar la manipulación mediática de los medios privados de su país, quienes acudieron a la SIP denunciando una supuesta ausencia de la libertad de expresión y una hegemonía estatal en el ámbito periodístico. Afirma Britto García que en Venezuela operan, en la actualidad, 2.896 medios, de los cuales el 65% es privado, el 31% comunitario –emisoras que han avanzado desde la llegada de Chávez al poder-, y sólo un 3% estatal. El caso de la radio es paradigmático: hay 1.598 emisoras privadas, 654 comunitarias y 80 estatales. En la TV sucede algo similar, ya que el país caribeño cuenta con 55 canales privados, 25 comunitarios y sólo 8 de propiedad estatal.
Por estos datos –poco divulgados, justamente, por los medios de comunicación masivos de la región- es que Britto García afirma que “casi todos los medios privados son opositores” en su país. ¿Se puede, tras esta enumeración, hablar sin sonrojarse de una supuesta ausencia en la libertad de prensa en Venezuela, tal como se plasmó en la reunión de Barbados? ¿Cómo es posible, tras la divulgación de estas cifras, seguir intentando plasmar una “hegemonía estatal” en el ámbito comunicacional, tal como pretende la SIP respecto al caso venezolano?
Sin lugar a dudas una de las más perversas acciones de estos sectores es la generación de información especulativa, buscando esparcir generalizaciones en amplios sectores de la población, tanto a nivel local como internacional, con la finalidad de construir una matriz informativa específica que no se condice con la realidad. El papel desplegado por la SIP es, ni más ni menos, que la legitimación de la construcción de esa “realidad falseada”. ¿Cómo opera esa legitimación? A través de la cooptación empresarial, lo que permite difundir masivamente el mensaje a través de los grandes medios que esos empresarios controlan, y también mediante el férreo rechazo que el organismo hace sobre aquellos países que han enfrentado con mayor tenacidad a los monopolios mediáticos informativos en la región –justamente aquellos que aparecen en la “lista negra” del organismo-. 

*Por Juan Manuel Karg, originalmente publicado en TeleSur en abril del 2014

miércoles, 5 de junio de 2013

Buscando al Rex Mamey


Tuvimos el gusto de conocer al Rex Mamey hace ya varios años en la Facultad de Periodismo Moderno de la UDLV Campus Internet. La UDLV –desde luego- es la prestigiosa institución no acreditada que educa a lo mejor de la sociedad, es decir, a aquellos individuos que tuvieron la visión o la fortuna de no haber sido formados por otras más desacreditadas.

Como a la mayoría, nuestra primera impresión del Rex no fue nada cute. ¿Cómo podría serlo cuando obviamente Mula que es uno no es sino un repositorio de escatología, mal gusto y vulgaridad diseñado para ofender desde todos los ángulos posibles la sensitividad aspiracionista eurocéntrica del típico lector guatemalteco?

No fue sino hasta mucho después, ya en los cursos avanzados de periodismo moderno que le agarramos la onda al Rex. Comprendimos que el padre del periodismo moderno en realidad es el espejo de una guatemalidad que muchos tratamos de esconder a cualquier costo. Además del dominio del lenguaje que Rafael Romero llamara “guatemalteco profundo” otra característica única de nuestro onanista silvestre es haber perdido el decoro. Al Rex no le da pena decir que nació en el paisito tercermundista del que otros nos avergonzamos, particularmente quienes en nuestra letras hacemos alarde de nuestra cosmopolitanidad para blanquear el sepulcro de nuestros complejos de inferioridad. El escritor autoridacta no tiene necesidad de impresionarse a sí mismo hablando de films obscuros, lugares visitados, compositores clásicos europeos o su familiaridad con la cultura pop gringa. Para quienes la superioridad cultural occidental es inapelable, el Rex no es meramente contracultural sino anticultural. Es incómodo, es feo, es 100% guatemalteco. Tan cruda autenticidad no puede ser sino subversiva.

Con un estilo tremendamente provocador y contra intuitivo a menudo confundido con la peor chabacanería, no podría ser fácil ser el Rex. El disfraz de oligofrénico kitsch es tan bueno que hace difícil dejar ver el alma quijotesca y generosa detrás. Siempre dispuesto a morir llevando mensajes fatales a gente armada; limpiando letrinas por amor al arte o levantando espejos para que podamos apreciar nuestra fealdad, los fines del Rex son siempre nobles.

Desde aquí celebramos la contribución al debate del @RexMamey, su invención del género literario psicótico-esquizofrénico, y su búsqueda constante de la identidad que tanto nos elude. Ya sea como Alfred Mameyschmitt Gereda, princeso desdentado, lesbiano libertario, pastor de la iglesia de San Nabucodonosor, o fundador de la ideología de izquierda-derecha, el Rex pondrá en que pensar a quien tenga la valentía de encontrarlo.

lunes, 3 de junio de 2013

Decálogo del Quijote Moderno


1. Que tus camisas sean siempre de once varas

2. Nunca dudes en tirarte al agua y nadar contra la corriente

3. Sé siempre la peor cuña posible de tu mismo palo

4. Nunca temas ser el redentor que sale crucificado

5. Cuando sea necesario suda calenturas ajenas, especialmente las de los más débiles

6. Enorgullécete de tu capacidad para arar en el mar pasando la rastra

7. Siempre, siempre, siempre, pon el dedo en la llaga

8. Que la voz que clama en el desierto sea siempre la tuya

9. Nunca dudes en gastar toda tu pólvora en zanates

10. Nunca, bajo ninguna circunstancia permitas que te roben, reduzcan o mutilen la capacidad de amar 



Imágen de Santiago Verdugo http://santiagoverdugo.blogspot.ca/2011/11/quijote-moderno.html

martes, 2 de abril de 2013

Confiese, General*


Dice el general Ríos Montt que él no se enteró de las masacres, de las torturas, de la destrucción de los ranchos y los cultivos, de las desapariciones forzadas, de las ráfagas de ametralladora disparadas de manera indiscriminada, de las violaciones a mujeres, ni del éxodo de decenas de miles de guatemaltecos hacia el territorio mexicano.

Dice el general que a lo mejor se cometieron algunos desmanes, pero que él no llegó a darse cuenta. ¿Y dónde andaba? ¿Ocupado en arreglar los papeles del terrenito de Livingston? ¿Terminando la negociación de la granja en Fraijanes? ¿Ultimando la compra de su lote en La Antigua? ¿O escuchando paciente los informes de doña Tere sobre las casitas que había logrado enganchar en unos proyectos de la salida a El Salvador que les podrían garantizar una renta modesta pero suficiente para no volver a pasar estrecheses como las que la tenían harta mientras vivían ambos en Madrid?

Se produjeron decenas de masacres durante su gobierno de facto, general. Se acabó con casi todos los asentamientos humanos del área Ixil y se obligó a la población que no huyó a la montaña a reasentarse para ejercer control sobre ellos. Se violó mujeres. Se mató niños. Se empaló cuerpos para escarmiento de quienes quedaron vivos. Incluso se trató de lavar las conciencias con esos programas estatales que atendían con frijoles y tortillas a quienes antes se había disparado con fusil.

¿Y usted no se dio cuenta, general? Es una pena que a estas alturas de su vida no pueda siquiera atreverse a decir la verdad. ¿Por qué no nos confiesa que en algún momento intentó dominar esa violencia? ¿Por qué no nos explica que en medio de su mesianismo patético creyó que era capaz de sustituir los ataques feroces y enloquecidos por una firmeza legalizada de la que apenas dan cuenta los Tribunales de Fuero Especial y las grabaciones de aquellos erráticos discursos suyos los domingos por la noche? ¿Por qué no admite en público que fracasó? ¿Atribuyó a la voluntad de Dios ese fracaso, general?¿Por qué no nos explica a todos, cómo hizo para apaciguar su espíritu que sabía a ciencia cierta cuanta muerte desesperada ocasionaban las fuerzas del Estado que jefeaba? ¿Por qué no nos dice qué lo disuadió de dimitir hasta que ellos mismos lo echaron? ¿Qué fue más fuerte que la certeza del mal que se cometía para convencerse a sí mismo de permanecer en el cargo? ¿De verdad cree que estaba llamado a redimir a su nación? ¿O es que sintió miedo, general? ¿Temió que también lo atacaran aquellos a quienes usted, con su gestión, protegía?¿Siente ahora el mismo miedo, general? ¿Qué siente cuando contempla la posibilidad de volver a España? ¿De verdad lo confortan esos votos que en cada elección obtiene en los distritos en donde se derramó más sangre? ¿Confía en que sea suficiente prueba de que no merece castigo? No se engañe, general. Su cabeza se recuesta cada noche sobre una piedra.

*Por Juan Luis Font, domingo 16 de julio de 2006

miércoles, 27 de marzo de 2013

Para Un Columnista*


Dice Juan Luis Font en Tuiter "dejo para los más jóvenes, los militantes, los incapaces de ejercer autocrítica el elogio de la guerra revolucionaria"

Muchos de nosotros, Juan Luis, de esos que apoyamos el juicio a Rios Montt, de esos que pensamos que el tiempo de la justicia es ahora, nunca esgrimimos ni lo haremos, un arma en contra de otro ser humano. Parece que esa tendencia a descalificar al otro llamándole "revolucionario" no se quita del lenguaje, como tampoco se quita clasificar como "comunista" a todo aquel que conociendo la historia se niegue a repetirla y mucho menos a justificarla.

El elogio de la "guerra" no viene de nosotros, viene de los guerreros, de esos que viven del olor de la sangre y de la pólvora, que no son muchos, afortunadamente. Y de los soldados profesionales formados para eso, para luchar. ¿que no ejercemos la autocrítica? claro que lo hacemos y por eso muchos de nosotros nos parapetamos en esta trinchera virtual lanzando PALABRAS, no bombas, haciendo preguntas, presentando evidencias, ¿de dónde asume usted que amamos la guerra?¿que no hemos cambiado las prácticas? sí que lo hemos hecho, pero quienes no han ejercido la autocrítica y siguen pensando que la represión es el camino han lanzado disparos reales contra campesinos desarmados, han enviado sicarios a atentar contra la vida de dirigentes sociales, han desaparecido y secuestrado a líderes y lideresas, han criminalizado la protesta pública por más pacífica que esta sea.

¿Que no hemos usado las mesas de negociación? si, pero la respuesta ha sido represión, las consultas populares sobre temas candentes son usadas como arma y no son respetadas, asemejan la rueda de un hámster en donde caminamos hora tras hora sin encontrar el final del proceso, aun así seguimos y parece que se nos exige respetar la tiranía no la autoridad. ¿Acaso hemos salido a luchar? no, nos hemos metido a estos medios virtuales, en donde si, despotricamos, chillamos, y a veces insultamos, ¿es eso lo mismo que quemar cosechas y condenar a muerte a cientos de campesinos?

No Juan Luis, quienes debieron ejercer la autocrítica fueron los otros, pero como se ha visto, la tendencia tanto en este país como en muchos otros es que la represión es válida, que se justifica lesionar, matar, y desaparecer gente para "salvaguardar el país" en contra de ciudadanos desarmados de aquí hasta la patagonia.

Muchos de los que participan en el debate y están a favor del juicio no son de izquierda, algunos hasta de centro derecha, pero también les indigna la incapacidad del otro de aceptar sus excesos, también están de acuerdo que no hay justificación posible para criminalizar y perseguir, también son inteligentes y solidarios. No crea que nos vamos a alzar en armas, estamos jugando con sus cartas, aceptando juicios a veces injustos, debatiendo y presentando pruebas, ¿es eso elogiar la guerra? al contrario, hemos aceptado que el camino de la violencia no es sino el mismo camino que nos condena al atraso.

Por el contrario, Juan Luis, así como se lee lo que usted escribe en columnas y en tuiter, parece que para usted, bien vale el tipo de cambio de divisa: 40,000 indígenas a cambio de un embajador.

*Por Patricia Cortéz

miércoles, 27 de febrero de 2013

Licencia Para Matar*



Días atrás Otto Pérez Molina dijo en Radio Sonora que espera que el caso del motorista quemado la semana pasada  "sirva de lección a los motoladrones". Es una declaración muy grave. Por una parte acepta la total ineficiencia de las fuerzas de seguridad, y por otro, más peligroso aún, otorga una licencia para matar a cualquier ciudadano que parezca ladrón.

Cuando se supo lo del motorista quemado por las redes sociales se regó la noticia como pólvora. Prácticamente todo el mundo aplaudió al homicida como un héroe. La gente de Sonora aprovechó el momento y creó un ambiente favorable para que se manifestara todo el que estuviera a favor de las muertes extrajudiciales. Esa misma radio en la que Otto Pérez hizo las declaraciones que anotamos al principio.

Tal parece que las objeciones morales a nadie interesan, incluso no interesan a aquellos que se dicen de principios cristianos ni a aquellos que repiten por todos lados que creen en el estado de derecho. Pero que muchos -o la mayoría- este a favor de una práctica que nos reduce a simples salvajes no quiere decir que sea lo correcto. Aquí creemos en el derecho a la vida como base fundamental de una sociedad. Si alguien comete un delito debe ser atrapado, juzgado y luego castigado. Las ejecuciones extrajudiciales no acabarán con la violencia: por una simple cuestión de lógica las muertes irán en aumento y la escalada de violencia generará muchas víctimas inocentes.

El fin de semana siguiente al caso del motorista quemado hubo 24 muertes violentas en sólo dos días, muchas de ellas en barrios marginales. CNN recogió la noticia y entrevistó a la vicepresidenta Baldetti, que respondió erráticamente. ¿Será que algunos "justicieros" salieron a las calles a asesinar en nombre de esas personas que pedían muerte por la radio y las redes sociales? Combatir la violencia con más violencia nos parece igual que combatir fuego echando gasolina. Si cada quien decide hacer justicia por su mano nos vamos a matar entre todos.

El problema con estirar el concepto de homicidio en defensa propia es que cualquiera puede decidir que usted o yo somos un peligro inminente y con esa excusa, matarnos. Han habido casos en que motoristas honrados se sitúan a la par de un carro y alguien les apunta con pistola. Tal es la paranoia. Si a esa paranoia ya existente se le suma una declaración presidencial que es prácticamente una licencia para matar, habrá muchos muertos más. Y por supuesto, todos tendremos más paranoia. ¿No es contradictorio que para acabar con las muertes violentas pidamos más muertes violentas? ¿Cómo vamos a reducir el número de muertes violentas si estamos pidiendo que hayan más? ¿Cuándo se mataría al último supuesto ladrón y se terminaría todo? ¿Quién garantiza que estos "justicieros" no nos van a terminar matando? ¿No estamos entregando el país a un grupo de sicarios en nombre de la justicia?

*por Jolom Tukur

viernes, 4 de enero de 2013

El Lenguaje de la Impunidad



 Desde que los antiguos griegos plasmaron las primeras palabras en piedras y papiros hemos sabido en Occidente del tremendo poder del lenguaje escrito. Poco después de su invención, el lenguaje escrito se convirtió en una herramienta de control de masas. De esos usos –en su obra maestra 1984- George Orwell imaginó con espeluznante exactitud la vulnerabilidad de las masas al poder magnificado de la palabra escrita cuando se combina con control mediático y político.

Muchas décadas después sabemos que los temores de Orwell tenían fundamento, particularmente en países subdesarrollados como el nuestro. La columna de hoy de Juan Luis Font: “ Duele Pagar al Vencido” es un buen ejemplo de como usar principios maquiavélico-orwellianos para difundir la narrativa dominante y como la distorsión mal intencionada de la realidad comienza con el lenguaje.

Sin leer nada más que el título se puede inferir que la gente que recibe resarcimiento de la CIDH era parte beligerante del conflicto (el vencido), lo que es decir militante. Y se infiere porque ya en el texto Font no se toma la molestia de explicar que prácticamente todas las víctimas que se han querellado contra el estado de Guatemala en la CIDH eran civiles.

Sin ser experto en esos casos y con la temeridad de un sofista Font se mete a cuestionar la validez de la jurisprudencia de la CIDH. No llegará a ningún lado con sus preguntas necias, pero sí logrará crear dudas en los incautos del jurado de la opinión pública al mejor estilo de Johnie Cochran. ¿Era eso lo que pretendía?

Para crear la ilusión de balance Font menciona como “motivo de debate” la denegación de justicia en el sistema nacional mejor conocida como impunidad. No profundiza en el hecho obvio que es la razón de que estemos así, la razón misma de su columna. Evidentemente el uso orwelliano-fontiano del lenguaje también incluye el callar o no llamar a las cosas por su nombre cuando conviene.

Prosigue Font con otra joya orwelliana: “partes en guerra”. Si pretende hablar en su columna de asuntos eminentemente jurídicos ¿No sabe acaso Font que no hubo tal guerra? ¿Ignora Font que el estado tomó la decisión deliberada de no dar status de beligerante a la guerrilla para no tener que someterse a la Convención de Ginebra? ¿Podrá imaginarse Font cuántas vidas se habrían salvado si en efecto hubiera habido guerra como él afirma? Lo conveniente de usar la palabrita “guerra” es que divide a los actores en dos bandos que hay que tratar igual, con “imparcialidad periodística”. Redistribuye las culpas de tal manera que es más fácil explicar y justificar la barbarie. Otros comentaristas del status quo ya tendrán de donde agarrarse.

Termina Font maliciosamente dejando en la mente de sus lectores la idea de que los demandantes quieren enriquecerse a costa del estado tal y como lo hacen los políticos, un elegantemente disfrazado pero crudo “pisto quieren” digno de Minondo Ayau.

Para los que no se hacen ilusiones sobre a quien representa, Font no tenía que haber escrito una columna tan larga para sintetizar la narrativa militar-oligárquica de sus anunciantes que dice que hubo guerra y que los vencidos eran militantes, y como eran militantes eran objetivos militares válidos. Ahora los guerrilleros que perdieron la guerra quieren enriquecerse a costa del estado. ¿Y Ud. que opina?